De las cosas que he leído esta semana, la que quizás me ha marcado más es esa historia que the Economist llama el Big Bang de la Biología.
Hace ya varios años que vamos escuchando eso de que este siglo XXI que tenemos por delante va a ser el siglo de la biología (hay quien trata de establecer incluso un paralelismo con lo que fue el pasado siglo XX para la física... y las armas de destrucción masiva, podríamos añadir). Es una canción a la que nos hemos acostumbrado. Ya nadie se sorprende cuando lee en el periódico que se ha clonado una tortuga o se ha secuencido el genoma de la anémona de mar. Diría que hemos llegado incluso al punto en que, cuando paseamos por Passeig de Gràcia y observamos los balcones de forja en la fachada de la Pedrera, en los que está perfectamente representada la doble hélice del DNA, nos parece algo absolutamente normal. Como si sólo un poco de sentido común hubiera hecho falta a Antoni Gaudí para representar esas estructuras primordiales de la genética, casi cincuenta años antes de que fueran descubiertas.
Nos parecía todo tan bonito, tan perfectamente sencillo (sólo había que hacer combinaciones de cuatro bases... una especie de Mastermind infantil) que nos importó bien poco cuando nos enteramos que el número de genes en nuestras células era prácticamente el mismo que el de algunos gusanos. La cantidad no es importante, nos decíamos.
No sólo la descodificación de la vida estaba al alcance de nuestra mano, sino toda la evolución, puesto que bastaba añadir unas mutaciones aleatorias y dejar actuar a la selección natural y ya teníamos la película completa.
Así de felices iniciábamos el siglo XXI, y ahora nos dicen que podemos haber estado equivocados. Que tal vez ese RNA al que habíamos dejado a un lado es mucho más importante de lo que nos pensábamos, y que de hecho quizás proporcione un substrato evolutivo alternativo al del DNA. Lo que se está sugiriendo por tanto es que se pueden heredar caracteres adquiridos durante la vida de un individuo, no sólo aquellos resultantes de mutaciones aleatorias.
Parece que vuelve Lamarck, a despertarnos de nuestro letargo helicoidal.
Subscriure's a:
Comentaris del missatge (Atom)
0 comentaris:
Publica un comentari